FAB - Federación Argentina de Boxeo
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La Federación Argentina de Boxeo Comenzó en nuestro país como un deporte amateur y de carácter aristocrático. El primer profesional que saltó a la fama fue Luis Ángel Firpo, un peso pesado que fue apodado como “El Toro Salvaje de las Pampas” en ocasión de la llamada “pelea del siglo” frente a Jack Dempsey un 14 de septiembre de 1923 por el título mundial y en la que fue derrotado. Este combate es especialmente recordado porque fue la primera transmisión de radiodifusión deportiva desde el exterior.

En la década del 50 surge la figura del mendocino Pascual Pérez, quien fue el primer boxeador argentino coronado campeón del mundo. Lo consiguió el 26 de noviembre de 1954 en Tokio, donde obtuvo la corona de la categoría mosca.

A comienzos de los años 60, otro mendocino: Nicolino Locche, logró la corona del peso liviano y un apelativo que demostraba todas sus condiciones: “El intocable”. Los 70 vieron al más importante boxeador de la historia argentina: Carlos Monzón, quien conquistó el galardón de los medianos en 1969 ante Nino Benvenutti y lo retuvo en catorce defensas. Otro de los destacados de la década fue Víctor Emilio Galíndez, campeón mundial de los medio pesados, que retuvo su título en nueve ocasiones.

El cordobés Santos Benigno Laciar, en tanto, obtuvo el título mundial de peso mosca en 1981 y construyó una exitosa carrera a lo largo de la década con dos coronas, mosca y súper mosca, que defendió con éxito en ocho ocasiones. Por su parte, Juan Martín Coggi, apodado “Látigo”, se alzó en 1987 con el título de los Welter y Welter Junior; a este último lo retuvo en cuatro combates y lo reconquistó para conservarlo en otras seis defensas.

Otros ídolos del boxeo fueron José María “El Mono” Gatica, Alfredo Prada, Oscar “Ringo” Bonavena y Horacio Accavallo. Además, el boxeo olímpico dio a la Argentina siete medallas doradas, siete plateadas y diez de bronce, lo que constituye la mayor cosecha del la mayor cosecha del deporte nacional.

 

 

El verano griego del año 776 a.C., es la fecha más aceptada por los historiadores como el año inicial de las celebraciones Olímpicas. Ese periodo de cuatro años terrestras, cuyo final y comienzo se celebra mediante la realización de competencias deportivas. Aquella primera vez, hubo una sóla disciplina: una disputa de velocidad a campo traviesa. Insentivar la velocidad era de vital importancia, pues, para matar al enemigo, había que alcanzarlo. Y, para sobrevivir, había que escapar.

Aquel remoto comienzo de la competencia deportiva, nos explica con meridiana claridad, qué es el deporte. Un medio de transmitir, de generación a generación, recursos imprescindibles de supervivencia. Épocas en las que matar, o morir, eran cara y cruz de la mísma moneda.

En las siguientes Olímpiadas se fueron sumando el lanzamiente de la jabalina, (Un arma de guerra). El lanzamiento del martillo (cuyo impacto también resultaba mortal). La lucha y el pugilismo.

Si observamos a los animales, notaremos que los machos juegan con sus vástagos a que se persiguen, a que se escapan (Juegos de velocidad y agiilidad) y a que se pelean. Así nacieron, entre nosotros; los seres humanos, la lucha y el boxeo. Un juego entre padres e hijos.  Ya superada la pubertad, cuando los jóvenes necesitan parecerse, para constituir el “nosotros”. Aquel juego aprendido en la infancia sirvió para que, jugando, los más hábiles pudieran destacarse.

Cuando Julio Cesar logró que “sobre el Imperio Romano no se pusiera el sol”, el célebre general tomó una magnánima desición. Ya no degollarían a los ejercitos vencidos. Bondadosamente, tomarían sus vidas en propiedad, pero no los matarían. Se produjo entonces un ecxeso de esclavos. Como una manera de combatir tamaña plaga, entre otras cosas, se los hacía combatir a muerte, sí, también los hacían combatir a golpes de puño. En esa época se utilizaron los cestus, que eran unas lonjas de cuero crudo con las que los pugilistas protegían sus puños. Pero en el periodo mencionado, a los cestus se le adicionaban trozos de hierro o bronce, lo que producía espetáculos atroces, sangrientos, con lo que una sociedad hébria de victória, se divertía. Quienes combatían en esos macabros espectáculos eran esclavos y prisioneros de guerra. No pretendía ser un espectáculo deportivo, sino una manera más de humillar a los vencidos.

Hayamos entonces a la modalidad de combate a puños, entre las primeras formas de la práctica deportiva.

Agradecemos especialmente por el material otorgado, a SERGIO VICTOR PALMA, título mundial Super Gallo el 9 de agosto de 1980.

Antes, en la prehistoria deportiva, se forjaban así los ídolos: de boca en boca, de emoción a emoción, de verdad a leyenda. Y no había dudas en la memoria popular. No hacía falta la evidencia de la televisión. Alcanzaba con el relato vertical y sincero, con el sentimiento compartido. Claro, se necesitaba pasta para llegar a la cima del reconocimiento, como siempre. O más que ahora, simplemente.

Justo Suárez pasó como un relámpago por la vida. Llegó como un regalo de Reyes -la noche del 5 de enero de 1909- a una casa modesta, vecina a los corrales de Mataderos, donde sobraban hijos y faltaba el pan. A los 9 años ya trabajaba, a los 19 era boxeador profesional, y a los 29 todo había terminado.

Le alcanzaron 29 peleas para convertirse en el ídolo de los argentino, allá en los años 30, cuando golpeaba la crisis de la depresión económica mundial, cuando la figura de Luis Ángel Firpo se esfumaba en la memoria, cuando el boxeo -casi una rebelión contra la pobreza- convocaba multitudes en el Parque Romano, en la vieja cancha de River, en el Luna. La comunicación fue inmediata. Su velocidad, la potencia de sus golpes, su generosidad, su valentía, le valieron un campeonato de novicios, dos de veteranos y dos coronas sudamericanas, como aficionado.